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Collège Montaigne Lormont

Los Perros del Infierno

 

Esta noche tuve una pesadilla larguísima, fue una noche atormentada no como todas las que suelo padecer desde que empecé a trabajar. No estaba dando clases a chavales insolentes que se metían conmigo y no era tampoco la profe de esos chulitos mimados y malcriados que habían marcado su territorio antes de que yo me presentara y que alzara la voz. Yo, la principiante docente solitaria y sin armas muerta de miedo delante de una pandilla de críos de tan solo unos trece años. No, esta vez era diferente. Era un sueño pesado como en una de estas pelis sin fin que te lleva de un sitio a otro con personas que no conoces y que te hacen vivir momentos absurdos o siniestros. Me desperté sudorosa y gritando a voces con los brazos cruzados y las uñas rotas enganchadas en mi camisón y rasguñadas en las sábanas,

“¡No! ¡No, por favor! ¡No me maten!”

Tales gritos hubieran despertado a mi vecina sorda, pero mi marido seguía a mi lado roncando como un tronco sin darse cuenta de lo que yo acababa de vivir o mejor dicho de soñar. O quizás no sea un sueño.

Era la víspera de las vacaciones, un viernes por la tarde soleado y templado en un barrio tranquilo de la periferia parisina donde nunca pasa nada y en el que la vida transcurre sin sobresaltos. Un olor a tierra mojada y a césped recién cortado en el jardín de una casa de enfrente del instituto me cosquilleaba la nariz. La víspera de las vacaciones de la “Toussaint”, de todos los Santos, o mejor dicho las de “Halloween” para los alumnos paganos que confunden los dos y que se imaginan que los muertos no mueren de verdad como en los videojuegos y que van a levantarse y retomar su lucha contra el enemigo. O peor, que van a venir a tu casa para pedirte golosinas. Tanto el personal del instituto como los alumnos, íbamos a disfrutar de unos quince días de alivio y de reposo tras una fase de clases enmascaradas y frías a causa de una pandemia muy peligrosa que irrumpió el mes de marzo pasado amenazando todo el planeta. Eran las cinco de la tarde. Las cinco en punto de la tarde en todos los relojes menos el mío que adelantaba siempre de tres minutos, mi ritual profesional y exigente para aguardar un tiempo extra de toma de nota de los deberes. Porque sí, tonta que soy, con mis veinte años de experiencia, aún guardo la ignorancia y la certidumbre de que mis alumnos van a estudiar y hacer sus tareas en casa. Era una tarde apacible en el barrio, sin disturbios ni peleas. Todos los alumnos habían salido corriendo hace media hora despidiéndose de sus profesores con un alegre:

“ Bonnes vacances, Madame ! Bonnes vacances, Monsieur !”

Les contesté tan alegre como ellos, viéndolos alejarse de mi aula y pensando en los días de tranquilidad venideros sin gritos, sin ruidos, sin voces ni bocas enmascaradas.

“A bientôt, Adiós chicos, bonnes vacances à vous aussi !”

Ouf ! Un respiro.

Iba a trabajar, claro que sí, ¿qué profesor no trabaja en casa? Bueno, para algunos padres, los profes son unos gandules irresponsables e incompetentes que están siempre de vacaciones. Sí, es verdad, tenemos muchas vacaciones; un baboso me lo echó en cara hace poco cuando le dije que era profesora.

“Ah oui !  Encore en vacances !”

Coloqué meticulosamente todos los exámenes de cada grupo en una carpeta de color distinta. El orden ante todo en mi cabeza y en mis cosas. Eché antes un vistazo en algunas hojas lamentando ya las faltas de ortografía con otras manchas blancas o de tinta negra.

¡Qué sueño más raro! Me veo solitaria andando sola en unos pasillos blancos y sin luces y de repente, estoy rodeada de muchísima gente, son mis compañeros pero todos hombres. No los conozco y hablan un idioma extraño. Llevan una mascarilla azul y una bata blanca como si fueran médicos. No es un hospital, es un cole, eso está claro.  Me veo salir de un aula dejando detrás de mí, sillas y mesas vacías y mudas, paredes animadas con dibujos de mis alumnos de sexto de una exposición que hicimos sobre la libertad de expresión. Sarah dibujó una cabeza de un niño con barrotes de cárcel en la boca. Parece que sus ojos me están mirando y que sus labios se mueven para intentar decirme algo. Estoy en un país extranjero con gente muy rara. En la sala de profesores, nadie habla conmigo, pero todos se quedan mirándome como si fuera una enemiga o un bicho raro. Uno de ellos, tiene un cuchillo enorme de más de 30 centímetros y me mira fijamente. Me dice algo en su idioma que no entiendo, por el tono, supongo que son insultos.

¿Pero, qué pinto yo allí con esta gente? Salgo del instituto dejando a mi espalda la fachada azul, blanca y roja marcada con la divisa republicana:

Liberté, Egalité, Fraternité.

Voy andando cargada con mi cartera color burdeos, un regalo de mi madre cuando me dieron este puesto hace cinco años, y dos bolsos grandes con manuales y otras cosas personales a cuesta. Dejé el coche en casa, voy caminando despacio, quitándome la mascarilla y expirando todo el aire comprimido en mis pulmones. No tengo prisa, nadie me espera hoy. Ni siquiera mi gato. Inspiro tan fuerte el aire puro de mi nueva libertad que no percibo las voces que se murmuran muy cerca de mí.

“Es ella, sí es ella, aquella  que sale allí, ¡es ella!”.

Lo único que oigo perfectamente son ladridos de perros acercándose. Unos ladridos fuertes de perros rabiosos que me dan escalofríos. Las nubes se van oscureciendo con ganas de llorar pero los finos rayos de luz se lo impiden. Cuando me quiero dar cuenta, una manada de perros salvajes está ya encima de mí. El más grande es negro y tiene tres cabezas. Es impresionante con los ojos rojos, las orejas de fuego de Satán y una cola larguísima de serpiente. Me susurra al oído que es Cerbero, el perro del infierno, el guardián de las puertas del inframundo y que soy una profe asquerosa. Me dice que me va a matar porque le he faltado respeto a su Dios y a su religión. Sus dientes afilados y su lengua raposa me lamen mis mejillas. Estoy paralizada y aterrorizada, no puedo escapar de sus garras de león. El monstruo babea y me muerde la cara, su veneno corre en mi boca y en mi garganta. No intento escapar, me quedo quieta como una piedra sin voz y le dejo que una de sus cabezas me escupa fuego en la cara mientras que las dos otras cabezas me miran en los ojos para hipnotizarme. Son las cinco de la tarde en mi reloj y en mi móvil. Las cuatro y cincuenta y siete en los relojes de todos los rincones de la República Francesa. Mi móvil suena como para avisarme del peligro que corro. Vaya…es hora de tomar mi pastilla. Qué ironía, tomarme la pastilla anticonceptiva unos segundos antes de morir. Cuando quiero sacar el móvil de mi bolso, el monstruo se me viene encima y acaba arrancándome la cabeza de una bocada, quedando mi cuerpo huérfano de mi mente. Su voz ronca inaudible es un grito mortal que todos los mortales conocen. La voz de la muerte inmediata que me cierra la herida para que no sufra.  La sangre se derrama encima de mi cartera con los exámenes dispersos en el suelo e impacientes que los corrija. Oigo la voz de Mehdi que me pregunta como siempre, nada más empezar la clase:

“Madame, Madame, vous avez corrigé les contrôles ?”

No sé si decirle la verdad. Me dan ganas de reírme a carcajadas con él ¡ja ja ja!, de gastarle una broma y de decirle que me dejé los exámenes en mi casillero. Qué cabeza de chorlito. ¿Cómo explicarle a un crio de doce años que un perro del infierno me decapitó a trescientos metros del instituto, la víspera de las vacaciones y que ahora soy una gallina descabezada corriendo sola en la calle para escapar de su verdugo?

 

Cuando les cuente a mis alumnos lo que me pasó, no se lo van a creer.

 

Profe. Montaigne Lormont